Agosto; con camisa naranja rota y deshilachada, Rueda de Carro; líder del grupo, ambos venían cada día sobre las 5 de la mañana a mi ventana a darme los buenos días con sus perpetuas sonrisas –bon dia patrón- por más que les dije que me llamaran Pedro algo les impedía dirigirse a mí por mi nombre, era una cuestión de educación. Unos caramelos, un bollo de pan, unos galletas, eso era todo lo que necesitaban, extendían sus manos a través de mi ventana, con miedo de no introducirla demasiado, y salían corriendo,  desaparecían hasta el día siguiente. Nunca se atrevieron a entrar en mi habitación, ni ellos ni ninguno del servicio, ni cuidadores de la Escola.

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Tardé unos veinte años en enterarme de la razón por las que les ponían esos nombres a sus hijos; fue a través de un documental sobre África, la cuestión es que, a los niños nada más nacer y hasta cumplir los nueve o diez años, edad que ellos consideran que están fuera de peligro, les ponen esos nombres poco agradables o malsonantes para que “los demonios” no se les lleven, estos dos los tengo documentados en mi diario y los recuerdo con simpatía, había otros como Lata de Cerveza, Piedras, y otros cuyos nombres no eran sino onomatopeyas como Tam Tam o Rum Rum, cuanto más malsonantes mejor para la protección de los niños.

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Mi estancia en Namialo (Mozambique) duró unos tres meses, a Kunda lo contraté para que cuidase de que nadie entrase en la habitación sin permiso, hecho que nunca ocurrió y que me llamó profundamente la atención dado que se producían robos muy a menudo, también para que procurase tener siempre un barreño lleno de agua y papel higiénico. Hasta el último día no me enteré realmente del porqué nadie entró en la habitación. Estaba recogiendo mis pertenencias y decidí darles todo aquello que ellos necesitasen, ropa, alimentos, utensilios, algo de dinero, etc. Me había llevado desde España un queso manchego y para que no se estropease con el calor lo había metido en aceite, pues bien, cuando les ofrecí aquel manjar salieron todos corriendo asustados, no querían acercarse y fue porque creían que aquello era una especie hechizo o un ungüento mágico para mi protección.

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Con motivo de que se cumplen 25 años que estuve en Mozambique en misión de paz con Naciones Unidas, he decido contar algunas historias en homenaje a aquellas personas que siempre estarán en mi recuerdo, una misión difícil pero gratificante de la que tanto aprendí. 14 de marzo de 2019.

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